5.2.13

Lazo en el cuello de Zuniga

EDITORIAL
Por Mario Berrios

De actitudes dictatoriales de parte de funcionarios como el alcalde sampedrano Juan Carlos Zúniga, en las que inflan el pecho y se ensañan en ciudadanos se saben muchas. Aquellos que manifestamos las ideas —como periodistas y escritores— con regularidad encontramos detractores de la forma de pensamiento, en particular cuando hay intereses particulares o partidos políticos de por medio. He estado leyendo y escuchando comentarios sobre la trama urdida —según sé, opina mucha gente— por el alcalde, Roberto Pineda, y Wilfredo Flores, en contra del escritor César Lazo, empleado municipal, quien tiene una amplia trayectoria política como militante de varios partidos y agrupaciones.

Siento —a la distancia— que el alcalde ha querido enmudecer y aniquilar al poeta. Hace meses el escritor, ya de la tercera edad, se encuentra gravemente enfermo (asma, rinitis alérgica, reflujo esofágico, espasmos bronquiales, disfonía y un quiste en su garganta), magnífica oportunidad para intentar torturarlo, aniquilarlo desde la silla municipal. Es posible que el poeta no sobreviva —por su delicado estado de salud y por el despido indirecto—, si así fuere quedará Lazo entre las neuronas del atraso de Zúniga, a quien veremos cargando eternamente coronas en su espalda. El escritor, de permanecer en Relaciones Públicas de la municipalidad ha sido castigado, enviado por el alcalde Zúniga, endiosado y borracho de poder, a labores al basurero municipal, sitio para el alcalde, Roberto Pineda y Wilfredo Flores, el mejor lugar donde puede trabajar un poeta, un escritor de sobrados quilates.

Quizá se ha percibido, por algo, a Lazo en el cuello de Zúniga, pensando que el autor de Alcaraván que se duerme, Monólogo de las sombras, Las Voces del otro lado, Reportajes de un genocidio y otros tantos y El último exilio, El Laberinto del minotauro, Los ojos del otro edén, La ebriedad del amor y Amanece en la memoria, es una grave amenaza para la administración municipal. Por ello a partir del 31 de enero lo trasladaron a la dependencia municipal de Desechos Sólidos, en mejores palabras al relleno municipal, a donde claramente se le expone a la contaminación por gas metano, dióxido de carbono, polución diversa y otras bacterias, algo que un médico conoce de manera puntual. ¿Estaremos a las puertas de un crimen anunciado? ¿Conocerá un médico la forma científica de deshacerse de un contendiente ideológico? Me huele asimismo que Roberto Pineda, hermano de Rafael Pineda Ponce, tiene la intención de despedir sin prestaciones al poeta, quizá por haber sido candidato a diputado por LIBRE en las pasadas elecciones.

Como sea, la obra de un autor jamás podrán matarla ni desaparecerla. Posiblemente los hijos, nietos y bisnietos de estos referidos personajes lean a quien hoy, de manera deliberada, están intentando, sutilmente, mandar a la otra vida, no por accidente, sino con premeditación, alevosía y ventaja. Mientras en otras latitudes se le han rendido honores y respeto intelectual a César Lazo, en su ciudad, San Pedro Sula, hombre a estas altura de la vida de la tercera edad, a quien se le violan sus derechos humanos y se le atropella laboralmente a sabiendas de que ningún empleado puede ser trasladado si no es para mejorar su status laboral, se le excluye y se le maltrata de manera insultante y grosera, donde además de permanecer expuesto a la criminal contaminación, sin duda existe la esperanza de que finalice sus días en las manos de pandilleros.

Ojalá recapaciten los aludidos porque el ensayista César Lazo ha dedicado una vida al estudio, al trabajo estético literario y a la promoción de la cultura nacional. Quedará en la retina, a la vez, de la comunidad internacional, el atropello del alcalde sampedrano y su jefe de Recursos Humanos, Roberto Pineda, como funcionarios intolerantes y represivos, en un país donde a los ciudadanos del oficio mental, poetas, novelistas, cuentistas y periodistas se les trata con crueldad y desprecio. Un país donde las autoridades, ante su incapacidad se convierten en enemigos de la cultura.

A pesar de ser contendientes ideológicos, fue interesante la forma en que conocí al poeta César Lazo, mis obras literarias me dieron esa magnífica oportunidad. A pesar de pensar diferente, de promulgar ideas distantes a la izquierda, pronto empezamos a debatir y a deliberar sobre el pasado, presente y futuro de nuestra sociedad. A fin de cuentas llegué a la conclusión de que todos, por igual, unos desde cierta óptica y otros de otra trinchera ideológica buscamos y aspiramos al bienestar general. Cuando nos encontramos, siento el placer que da debatir ideas sin tener que ofenderse, pensando en la tolerancia que todos debemos dispensarnos en amena calma y sano juicio.

Hoy siento a Lazo, viejo, en el cuello de Zúniga porque sin duda algo le socó. El poeta de Sabá me hace recordar otros dos grandes escritores hondureños perseguidos por sus formas de pensamiento, mi coterráneo Ramón Amaya Amador y Juan Ramón Molina, cercano del General Terencio Sierra, quien siendo Presidente de Honduras (1899-1903), en su toma de posesión inconforme por una publicación de Molina, a la sazón director del Diario de Honduras, titulado “Un hacha que afilar”, lo mandó a picar piedra y a guardar prisión. Molina expresaba ciertas recomendaciones —para la conducción del futuro gobierno— que amargaron a Sierra, quien ordenó su expulsión del lugar donde se celebraba el evento y, después de una serie de enfrentamientos, culminó con su captura, reclusión y trabajos forzados en la carretera del Sur. Y ese hecho aniquiló políticamente a Sierra.

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